Solo hay ahora. Ahora.
– Un relato sobre
la grabación de La Bola Negra en la España vaciada –
I.
El casting
El 30 de agosto de 2025 yo había ido al Festival Gigante, a Guadalajara,
de hecho, había visto por primera vez en concierto a Sanguijuelas del Guadiana,
que empezaban a sonar y abrieron el sábado de festival bajo el sol de verano y
con un reducido público entre el que nos encontrábamos Elisa y yo.
En Sigüenza se había estado anunciando que, durante ese fin de semana, el
último de agosto, iba a haber un casting para buscar figurantes para la próxima
película de “Los Javis”, Javier Calvo y Javier Ambrossi, directores bastante
nóveles pero que empezaban a despuntar y cuyo trabajo era seguido, sobre todo, por
personas que tenían en común ser de mente abierta.
Se decía que estaban grabando una película sobre Lorca y que buscaban fundamentalmente
chicos que pudieran hacer de soldados. Para captar al sector más joven de los
vecinos de Sigüenza, los castings se habían programado en diferentes bares del
municipio a distintas horas, el último, en el Pub Nerea, ya entrada la
madrugada del sábado al domingo.
Al volver del festival, Elisa y yo, como solíamos hacer tras los “fui-vuis”
musicales, nos pasamos por La Senda, la zona de los bares, y al entrar al Nerea
nos encontramos a unas amigas hablando con dos desconocidos, Carlos y Malena,
que en una mesa del bar charlaban animadamente con nuestras amigas mientras
trataban de convencer a chicos para que rellenaran el formulario
correspondiente y se dejaran grabar un pequeño video para ser considerados para
la figuración de la película.
La tarea no era fácil, la temática homosexual en un pueblo en el que
entre la gente joven todavía hay grupos en los que se respira la ranciedad de
tiempos pasados, importa el qué dirán y se veneran ideas fascistas, no era el
entorno propicio para que Carlos y Malena pudieran hacer su trabajo. Hoy me
pregunto cuántos de aquellos chicos que no quisieron participar se habrán
arrepentido al conocer el éxito de la película y si, al verla, alguno de sus “principios”
habrá, por fin, comenzado a desmoronarse. Ojalá incluso alguno haya decidido
salir del armario o simplemente haya entendido el valor de amar libremente. Igual
eso es mucho pedir…
El hecho es que Elisa y yo conocemos a mucha gente, a veces no tenemos la
suficiente vergüenza como para no involucrarnos y, por encima de todo, nos
gusta ayudar. Así que decidimos que el trabajo de Carlos y Malena era nuestra
causa aquella noche y comenzamos a participar activamente en el reclutamiento
de los futuros soldados.
Al ver que nos implicábamos, algunos de nuestros amigos y conocidos se
dejaron arrastrar por nosotras a aquella aventura de hacer un casting para una
película en medio de una noche de fiesta. Y el efecto llamada para unos y la
curiosidad para otros hizo el resto. Nos convertimos en las asistentes de Carlos
y Malena, explicando el formulario y hasta proporcionando luz con nuestros
móviles en la oscuridad de los callejones aledaños para que los vídeos de los
muchachos quedaran grabados.
Los responsables del casting de aquella noche pasaron una velada
divertida, en la que también hubo tiempo de bailar alguno de los temazos del
verano y compartir confidencias. Cuando las primeras luces del día comenzaron a
anunciar que la noche llegaba a su fin, Carlos nos dijo que no necesitaban apenas
mujeres para la figuración de Sigüenza pero que con todo lo que habíamos
ayudado, si nos apetecía participar, enviáramos al día siguiente nosotras el
formulario cumplimentado y mandáramos un video a una dirección de email. Yo
enseguida le dije que tenía una hermana gemela y así fue como metí a Paula en
esta aventura. Me dijo que esperaba el vídeo y vernos en pantalla.
Cuando a la mañana siguiente –realmente sería más bien la hora de comer– le
conté a Paula todo, ella no dudó –nunca lo hace– en seguirme hasta el fin del
mundo y, aquella tarde, en el jardín de su casa, sin maquillaje y con sueño
acumulado, pensamos un mini guion del vídeo siguiendo las indicaciones de
Carlos, lo grabamos del tirón y lo mandamos junto con los formularios. Carlos
nos contestó a pesar de ser domingo por la tarde y de que tendría más sueño que
yo, pues él había estado por la mañana en Jadraque haciendo más castings para conseguir
figuración para Sigüenza. Nos pidió que grabáramos otro video en modo selfie,
de primer plano de las caras, y, también a la primera, grabamos juntas el
segundo video que acabó llevándonos a hacer una prueba de vestuario, maquillaje
y peluquería en Leganés la primera semana de octubre.
II.
La prueba
El lunes 6 de octubre a primera hora de la tarde nos plantamos Paula y yo
en el lugar que nos indicaron del municipio del sudoeste de Madrid y nos
dejamos hacer y deshacer, vestir y cambiar hasta que dieron con nuestro look
para lo que serían TMP 202 y TMP 203, que eran nuestros códigos del papel
que íbamos a representar como figurantes.
TMP eran las siglas de Teatro Mujer Prostituta, nos lo desvelaron nada
más entrar en aquella nave abarrotada de prendas, pelucas y atrezzo, y
ambas nos reímos a carcajadas. —¿No sabíais que ibais a ser prostitutas? —dijo la
chica que nos tomaba las medidas y nos asignaba una bolsa grande en la que al
final de aquella tarde acabaría estando nuestro atuendo para el rodaje.
Allí conocimos a un montón de trabajadores amabilísimos y simpáticos: dos
maquilladoras, Clara y Ángela, un peluquero que acabó decidiendo que nuestra
melena era ingobernable y que llevaríamos pelucas de nuestro color, a un montón
de gente de vestuario entre la que estaban Luis y un chico majísimo que se
esforzó mucho por encontrar prendas acertadas y que, al darse cuenta de que
éramos gemelas, decidió que iríamos antagónicas. Estaban fascinados creando una
imagen que fuera opuesta, una toda en negro, Paula, y otra en blanco, yo. Ambas
con el maquillaje muy similar y el pelo ondulado y del mismo largo, por debajo
de las orejas.
Vaya shock ver el resultado de lo que estuvieron tres horas construyendo.
Nos hicieron fotos, algunas con soldados que estaban haciendo por allí su
prueba de vestuario para ver cómo quedábamos juntos en imagen… Quitaron guantes
o un collar exagerado de aquí, pusieron un cinturón por allá, último cambio de
zapatos y ¡listo!
Recuerdo la sensación que teníamos al salir de allí aquella tarde, tras
conocer ese mundo, ver la creatividad desbordante de las personas y cómo tenían
clara la idea de la imagen que iba a hacer que encajaran en un puzle ambientado
en un teatro de 1937 esas dos hermanas gemelas que hacía unas horas habían
salido de sus respectivos trabajos en una universidad pública y en una empresa
internacional, para acabar convirtiéndose en lo que finalmente no serían prostitutas
sino trabajadoras de un teatro santanderino durante la Guerra Civil Española.
III.
La fábrica de personajes
Llegó el primer día de rodaje, el jueves 9 de octubre, Pau y yo, que habíamos
pedido teletrabajar esos días, apagamos el ordenador y salimos pitando de nuestras
respectivas casas para llegar a la finca, a la entrada de Sigüenza, en la que
habían montado el set para transformar a cientos de figurantes. Un
hervidero de soldados y mujeres de época se movía de un lado a otro, parecía
que de forma caótica, pero la realidad es que había una buena organización y
muchas personas empeñadas en que aquello saliera adelante. Como si de una
cadena de producción de personajes se tratase, una vez firmado el contrato, cada
quién pasaba de vestuario a maquillaje y de allí a peluquería o viceversa, según
la disponibilidad de silla y manos de los incansables trabajadores en las
diferentes secciones.
Para poder compaginarlo con nuestro trabajo, habíamos pedido si podíamos
entrar a las 17:45, bastante más tarde que el resto de compañeros. Había tanta
gente a la que preparar cada día que aceptaron y, entonces, aquellos días nosotras
dos éramos más o menos de las últimas, pero hasta que llegábamos no habían parado
de atender y caracterizar a gente. Agradecimos el favor que nos permitió vivir
la experiencia y durante esos días hicimos jornada doble de trabajo: la de
nuestro trabajo habitual, en el que habíamos pedido permiso para
pluriemplearnos, y la del trabajo de extras que nos ocupaba la tarde-noche e
incluso la madrugada alguno de los días.
Yo grabé los tres días que se rodaron en Sigüenza con figurantes y Paula
dos porque en medio tenía un viaje de trabajo a Berlín, de esos que hace ella y
que consisten en ir y volver en el día, pero que le impedía llegar a tiempo al
rodaje. Lo avisó cuando nos contrataron y le dijeron que no había problema. Aquel
día que faltó, todo el mundo me preguntó por ella.
Por otro lado, yo, que siempre tengo entradas para conciertos en mi
haber, tuve que vender la que tenía para ver a Ultraligera en la Riviera el 14
de octubre porque coincidía con el último día de grabación de la película. Aunque
pude verlos en la mítica sala madrileña una semana después de lo previsto, porque
la fortuna quiso que sustituyera a mi prima Bárbara en la tarea que venía
desempeñando y que consistía en hacer caretas blancas para el público de los
conciertos y le permitía quedarse luego al show. Así fue como se
alinearon los astros y pude volver a ver en directo a la banda que mi amiga Ana
me había descubierto ocho meses antes, cuando aún eran unos auténticos
desconocidos.
Volviendo al momento y lugar en el que nos convertían en personajes, a
los chicos, la mayoría soldados, aunque también había músicos y otros
trabajadores del teatro, los aviaban rápido, pero para apañar a las mujeres el
reto requería unas dos horas por cada una, para salir de allí que, literalmente,
no te reconocía ni tu madre. Y así sucedió el segundo día, cuando yo les
indiqué a mis padres en qué zona de Sigüenza debían dar su paseo de tarde por
si teníamos oportunidad de cruzarnos. Cuando una chica de pelo ondulado corto,
en enaguas blancas, con prenda de ganchillo –una especie de bolero o torerilla–
sin mangas encima, medias cubriendo las espinillas y una liga asomando por el
muslo saludó a su madre aquella tarde, se demostró que la caracterización era
tal que estaba a prueba hasta de los lazos sanguíneos más férreos.
Irreconocible. Parecía recién salida de una máquina del tiempo de casi 80 años
de lapso. Mis padres y otros conocidos que pasaron por allí y a los que saludé
olvidándome de que Clara estaba escondida tras TMP 202 se quedaron boquiabiertos.
En la prueba de vestuario, Luis, al que he vuelto a ver un par de veces
por el barrio en Madrid, me había hecho un atillo con un lazo de tela que usó a
modo de cinturón y que servía para ceñirme y acortarme la enagua que llevaba
por vestido y darle un toque al look. El primer día, mientras me
ayudaban a vestirme, me dijeron que buscara a Luis para que me hiciera el nudo,
pero yo, que me había fijado cómo lo había hecho él, me lo hice yo misma y me
acerqué para mostrárselo pensando en ahorrarle aquel trabajo durante los siguientes
dos días. Pasé la prueba y ya no tuve que estar buscándole ni molestándole para
conseguir replicar el outfit los días siguientes.
Una vez estabas listo, cosa que, como ya he dicho, se demoraba bastante
más en el caso de las mujeres, a algunos les daban unos toques de talco para
eliminar brillos de sus trajes y a todos nos proporcionaban una mantita gris,
elemento imprescindible para las largas y frías noches que nos esperaban en Sigüenza,
lugar en el que precisamente el frio se tiene por bandera y es motivo hasta
casi de orgullo entre las gentes.
Dejando atrás la persona de 2025 que hacía unas horas entraba por la
puerta, con sus pircings, cazadora de cuero, vaqueros o atuendo correspondiente
y todos los enseres personales incluidos el teléfono móvil, ya solo quedaba
coger el autocar que no cesaba de hacer viajes para llevar a los figurantes
hasta el lugar del rodaje, al final del Paseo de La Alameda.
IV.
El rodaje. Parte I “Batallón de
modistillas”
El uso del móvil estaba prohibido y era totalmente incompatible con el look
años 30 sin bolsillos, así que todas aquellas horas de grabación permanecimos
incomunicados y a la vez 100 % presentes y viviendo, casi exprimiendo, aquella
experiencia intensa, efímera y divertida. No atesoro fotografías del rodaje,
pero los recuerdos son muy vivos y, ahora que casi un año después la película
se ha estrenado, se reavivan las imágenes mentales y la sensación de haber vivido
algo que recordaré con mucho cariño siempre.
El hecho es que al final de aquella tarde, por fin, llegamos a la zona
donde se encuentra el antiguo cine abandonado. Allí, en las inmediaciones, habían
instalado unas carpas con mesas corridas y una empresa de catering se encargaba
de repartir baberos y cena a toda la figuración. La mayoría eran chicos jóvenes
vestidos de verde, su personaje era soldados del bando nacional que iban a presenciar
un espectáculo en un teatro cántabro durante la Guerra Civil Española. Había
también algunos hombres vestidos de militares de mayor rango, falangistas,
trabajadores del teatro… Entre las mujeres había tres grupos; las mujeres del
pueblo, que son las que seguramente más frio pasaron porque rodaron en la
puerta del lateral del antiguo cine durante toda aquella noche, y las
trabajadoras del teatro entre las que se distinguían dos sectores: las que
ejercimos como yo de camareras y cigarreras, y otras, las trabajadoras que iban
más elegantes que supervisaban nuestro trabajo en el patio de butacas e
intervenían cuando se formaba gresca. Paula era de este último grupo.
Ella, que es más sociable que yo, ya había entablado conversación cuando
me uní a aquella temprana cena durante la que conocimos a varios de los jóvenes
soldados. La mayoría habían venido en el autobús organizado por producción desde
Madrid tras apuntarse a los castings en un campus de una universidad de la capital.
Castilla no había proporcionado suficientes soldados a los Javis que tuvieron
que optar por completar el pelotón importando, a la España de provincias, jóvenes
con ganas de ganarse un dinerillo y vivir una experiencia inolvidable. Alguno
de ellos seguro acabaría siendo un gran actor.
Las chicas, tanto las que nos conocíamos de Sigüenza –entre las que
estaban Nieves, Casilda, Lorena, Gema, Esperanza...– como las de otros lugares,
enseguida nos unimos bastante y de hecho conservamos un grupo de WhatsApp
en el que hemos ido comentando nuestras ganas de ver la película tras el rodaje
y las apreciaciones y alabanzas una vez el largometraje ha sido estrenado.
Entre bocado y bocado, unas y otros fuimos comentando lo que habíamos ido
escuchando: han sacado camiones y camiones de escombro y excremento de paloma
del antiguo Cine Capitol para reconvertirlo en un teatro franquista. El protagonista
es el cantante Guitarricadelafuente, que debuta como actor. Los Javis han estado
entrenando en uno de los gimnasios locales. Se dice que la actriz es Penélope
Cruz…
Y así, llegó por fin el momento de entrar dentro del antiguo edificio y
comprobar todo aquello con nuestros propios ojos. Según nos vio, Javier
Ambrossi se quedó mirándonos a Pau y a mí y dijo: «¡Fantásticas!». Poco
después, el jefe de los peluqueros, Pablo, se acercó antes de que empezáramos a
grabar, a despeinarnos y a indicar a las maquiladoras que nos “corrieran” un
poco el maquillaje, pues la escena que íbamos a grabar el primer día iba
temporalmente detrás de las que grabaríamos los siguientes y, por tanto, debía
parecer que era ya el final de la noche en el teatro en el que supuestamente
trabajábamos.
Nos explicaron nuestro cometido, el mío aquella noche era portar una
caja-bandeja de madera y, junto con Lorena, vender tabaco a los soldados, intercambiar
las cajetillas de cigarrillos y de cerrillas con los billetes que ellos tenían.
Después, con cada “corten” deshacíamos el intercambio para estar preparadas
para la siguiente toma en la que volvíamos a recorrer las mismas filas del
patio de butacas.
Mientras tanto un número musical comenzaba con la impactante entrada de
un tanque por la parte lateral trasera del teatro, repleto de bailarinas
vestidas de legionarias y capitaneadas por una mujer de peluca rubia que entonaba
la canción “Batallón de modistillas”, que, tras los ensayos con una doble y
justo en el momento de grabar la primera toma, resultó ser la mismísima Penélope
Cruz.
Entre los ensayos con la doble y las distintas tomas grabadas con
Penélope, entre las cuales se cambian cámaras de posición y todas esas cosas
técnicas que hacen que luego esos segundos de película sean sublimes, había
parones en los que siempre se acercaba alguien del equipo a darnos una manta o agua.
Perdimos la noción del tiempo y todos aquellos segundos parecían grabarse en la
memoria a cámara lenta permitiéndonos apreciar, comprobar in situ, que
no hay una actriz en el mundo mejor que Penélope Cruz.
Me fijé en una mujer vestida con lentejuelas un poco estilo charlestón años
20, que estaba con otras dos o tres mujeres que no eran parte de la figuración
como nosotras, pero también representaban el papel de trabajadoras del teatro. Ella
también vendía cigarros a los soldados. En un momento de la noche coincidimos en
el pasillo central e intercambiamos unas palabras. Pensé: «¡Qué agradable!».
Después me enteré que era la madre de Javier Ambrossi.
Cuando va avanzando la noche, aprovecho los momentos de parón entre tomas
para descolgarme del cuello la bandeja de madera repleta de cajetillas de
tabaco y los paso con ella apoyada en uno de los respaldos de una silla del
patio de butacas, donde luego, en la toma, arranco a andar entre soldados. Pues
estando así, se acercó Guitarrica por el pasillo y se paró junto a mí a preguntarme
con verdadera curiosidad si pesaba mucho la caja-bandeja de madera y a observar
lo bien que el departamento de arte había hecho todo lo que en ella llevaba. En
el momento pienso que es amable y, sobre todo, da la sensación de desbordar inquietud,
de querer absorberlo todo. En cierta manera parece un niño curioso, pero a la
vez asustado y muy delicado. Yo, por supuesto, no le digo que me gusta su
música y que le he visto en concierto, por ejemplo, aquella tarde de julio de
2022 en el escenario principal del Mad Cool.
No es fácil pasar entre las estrechas filas de soldados con la bandeja de
madera repleta de cajetillas mientras Lorena me precede repartiéndolas y “cobrándolas”,
menos aún cuando llega el momento de la escena en el que todos los jóvenes se
levantan y, jaleando, se mueven hacia el lugar por el que despliega su
desparpajo Nené Romero, el personaje que interpreta Penélope Cruz.
La escena se repite varias veces, aunque yo diría que es para captarla
desde diferentes ángulos, pues ella, y su corte de bailarinas, está perfecta; movimientos
milimétricamente coreografiados que no por ello dejan de parecer absolutamente
naturales y espontáneos.
En un momento dado, uno de los soldados del gallinero nos pide una
cajetilla de tabaco, acertamos a lanzársela a la primera, lástima que el logro no
quede grabado porque verdaderamente parecía ensayado. En mi prudencia le digo a
Lorena que es mejor no arriesgarnos a repetirlo, vaya a ser que la siguiente
vez no tengamos tanta fortuna y le caiga a alguien en la cabeza, lo cual no
sería agradable contando con que el atrezzo estaba hecho de listones,
bueno prismas, de madera envueltos en el cartón que simulaba a la perfección
ser cajetilla de cigarrillos de la época.
Terminamos de grabar a altas horas y, al salir del teatro, unas mesas con
bocatas calientes y bebidas nos esperaban para reponer fuerzas y entrar en
calor antes de subirnos al autobús para volver a la finca en la que de manera
mucho más ágil que aquel inicio de tarde y a la inversa, desharíamos a nuestros
personajes y volveríamos, a casa unos y a Madrid en autobús la mayoría, para
reposar lo vivido unas poquitas horas antes de volver al trabajo. En mi caso, cuando
conseguí deshacerme de los restos de pegamento de la peluca y del intenso
maquillaje, vi que el despertador sonaría en poco más de tres horas. El hecho
no desdibujó mi sonrisa.
En el lugar en el que estaba todo el set de maquillaje, vestuario y
peluquería, un montón de trabajadores esperaba a que los cientos de figurantes
regresáramos del rodaje por lo que sus horas de trabajo se alargaban
infinitamente. Allí nos ayudaban a quitarnos pelucas, desvestirnos y guardar
todo para el día siguiente. Dos chicas de vestuario marcaban si se había
descosido o roto alguna prensa para tenerla arreglada para la siguiente jornada.
Algunos de los trabajadores se volvían a Madrid con los figurantes o en
furgonetas de producción, otros habían tenido la fortuna de permanecer alojados
en Sigüenza o alguno de los pequeños pueblos cercanos. Todos estaban
maravillados con la belleza de la ciudad medieval castellana que había acogido
el rodaje con los brazos abiertos.
V.
El rodaje. Parte II “Las tardes del Ritz”
Los siguientes días de grabación fueron el lunes 13 y el martes 14 de
octubre. El martes, antes de grabar, perdí a Paula en aquel lugar “de
producción de figurantes”. Su creación de look tardó más de la cuenta y el
autobús en el que nos fuimos al lugar de rodaje partió sin ella. Llegaría en
uno mucho después cuando yo ya había comenzado a inquietarme porque tardara
tanto y había empezado a atesorar las pequeñas anécdotas que se había perdido y
que tenía que comentarle más tarde: ha pasado Guitarrica, dicen que hoy entran
primero solo los soldados, que las chicas nos quedamos fuera esperando a entrar…
Cuando Pau apareció resultó que había habido una complicación de casi dos horas
con su peluca. Esta anécdota es solo una de las muchas que ilustran que la
perfección era el objetivo de todos los trabajadores involucrados en la
película.
Tanto es así que el segundo día entre mi vestuario había desaparecido una
liga azul que yo había llevado en el muslo derecho durante el primer día de
rodaje y no pararon hasta encontrarla. Resulta que la habían sacado de la bolsa
de mi atuendo de trabajadora del teatro y la habían utilizado para algo aquella
mañana. Unos y otros hablando por Walkie Talkie se fueron preguntando y nadie
cesó en su empeño hasta que no localizaron que la tenía alguien en el antiguo cine
abandonado en el que grabábamos y, hasta que justo segundos antes de grabar la
primera escena aquel día me la dieron para que luciera exactamente igual y no
hubiera ningún tipo de fallo de continuidad.
Tanto el lunes como el martes, mi compañera fue Gema y nuestra labor consistía
en rellenar los vasos y copas de los soldados o repartirles vasos nuevos de whisky;
realmente era Nestea o mosto, según el momento, y las botellas de
cristal las rellenábamos nosotras mismas entre toma y toma entre bambalinas y con
un embudo. Las primeras veces lo hacía personal del equipo técnico, pero pronto
tomamos la iniciativa y les ahorramos el trabajo. Todas las veces que pasamos
por aquella zona del antiguo rellano principal del Cine Capitol que permanecía ajena
a las cámaras y repleta de trabajadores del mundo del cine que hacían que todo
aquello funcionara, descubríamos algún entresijo del rodaje: una chica se pasó
todas aquellas noches liando cigarrillos para que muchos de los soldados y
algunas de las mujeres del público del abarrotado teatro los consumieran en los
momentos en los que se gritaba: «motor», «acción». En otro momento oímos a Javier
Calvo decirle a una señora llamada Olga, que parecía hacer el papel de la encargada
o dueña del teatro, que se le había ocurrido que le dijera una frase a Penélope,
solo su voz a través de una puerta llamándola. Cuando un año después vi la
película, al oír la frase recordé la anécdota y cómo Olga aceptó aquel guante
tendido por Javier Calvo delante de mis narices. Resulta que Olga era Olga
María Ramos, la hija de una famosa cupletista que fue inspiración para los
Javis en la creación del personaje interpretado por Penélope y que había estado
ayudando a la actriz madrileña a preparar su actuación como Nené Romero.
También recuerdo cuando uno de los jóvenes asistentes de producción se nos
acercó extasiado tras la grabación del número de “Las tardes del Ritz” y dijo: —Están
visionando el resultado, se habla de Goya. Si hubiera sabido entonces todos los
premios cosechados ya por la película y eso que aún quedan meses para los Goya
y para los Óscar en los que no hay duda de que el film hará historia...
Tras rellenar las botellas, Gema y yo, nos preparábamos para salir a
escena desde las cortinas de la parte trasera del teatro una vez habían sonado
los primeros compases de la canción que se correspondía con el número de “La Epiléptica”
que estaba teniendo lugar sobre el escenario. Una vez se cortaba recogíamos los
vasos que habíamos repartido entre las filas del patio de butacas para tenerlos
en nuestro poder y deshacíamos lo andado para volver a estar preparadas y
tratar de reproducirlo al grabar lo mismo en la siguiente toma.
Según fue avanzando la noche, el frio se intensificó y todos, incluso los
Javis, estaban pendientes de que, sobre todo las que más ligeras de ropa
íbamos, no pasáramos frio. En cada “corten” un montón de amables asistentes de
producción entraban a ponernos las mantas sobre los hombros. A los pocos
minutos, nos las volvían a recoger junto con los restos de botellas de agua que
también ponían a nuestra disposición. Se aseguraban que no quedara en plano nada
que no perteneciera a aquella ficción, una función de teatro para soldados en
una noche de 1937.
El último día, hubo un parón más largo en mitad de la noche en el que
tuvimos que esperar fuera del teatro, creo recordar que porque estaban moviendo
una de las grúas de cámara. Entonces se acercó Genoveva, que me había
maquillado uno de los días y con la que había entablado buena conversación después
de que ella alabara las largas pestañas herencia paterna y lo curioso de la heterocromía
de mis ojos. Equipada con su maleta de maquilladora vino a retocarme y, cuando
yo se lo agradecí y alabé su trabajo, una vez más tuvo palabras amables, en esta
ocasión hacia la forma de mis labios que en este caso es herencia de la abuela
Lili. ¡Qué maravilla coincidir con gente que, además de con profesionalidad, hace
su trabajo con cariño y amabilidad!
Volvemos a entrar y veo que Paula intercepta a Javier Amborssi, ya me
había dicho que le iba a decir algo. Miro expectante. Pau tiene los ojos
brillantes y esa sonrisa que hacen que Ambrossi no dude en pararse a
escucharla, ella le suelta del tirón: —Perdona, ¿tienes un segundo? —no espera
a que él conteste, ve que él se para y ella prosigue— Quería daros las gracias
por vuestra sensibilidad por la visibilidad y por venir a rodar a la España
vaciada. A él se le humedecen los ojos y acierta a decir un emocionado “Gracias”.
Siempre estoy orgullosa de mi hermana, pero aquella actuación fue absolutamente
estelar.
De aquella noche también recuerdo la admiración que sentí al ver a
Penélope interpretando “Las tardes del Ritz”, cuando se desmadeja en los brazos
de su compañero de escenario y la cara al girarse hacia el público antes de su
famosa frase “¿hay alguien por aquí de Madrid?” ¡Qué privilegio haberlo vivido
y qué sensación verlo en el Renoir en pantalla grande rodeada de la familia! Lo
de menos casi es reconocerse entre lo que queda en segundo plano de esas
dinámicas secuencias. Aunque es precioso sentir que eres parte, aunque sea ínfimamente,
más aún con lo bonita, necesaria y bien contada que les ha salido a los Javis
La Bola Negra.
Ya entrada la madrugada, cuando dieron por buena la última toma que se
rodaba en Sigüenza, Penélope, desde el escenario, nos dedicó a todos unas
palabras que entendimos mejor muchos meses después cuando desveló que nada más
llegar al rodaje a Sigüenza había recibido una llamada de su médico sobre una
posible pequeña aneurisma cerebral y que la semana siguiente debía someterse a
una prueba para confirmar o descartar semejante diagnóstico. Ella, que no puede
ser más profesional ni mejor actriz, viendo que la prueba no podía adelantarse
preguntó al doctor si podía hacer ejercicio aeróbico, pues los números de Nené así
lo requerían y era lo que se grabaría aquellas noches. Le dieron el ok y rodó
aquellas tres noches con la agonía metida en el cuerpo. Aquella última noche
Penélope dijo: —Para mí era difícil lo que tenía que hacer y quiero agradeceros
a todos la atmósfera que habéis creado porque es lo que me ha permitido hacer
mi trabajo. Todos aplaudimos. También, por supuesto, a los Javis que con amplia
sonrisa se sumaron a los agradecimientos.
VI.
The end
Al terminar el rodaje la sensación fue muy parecida a la que sentí cuando
se encendieron las luces del cine después de ver la película la primera vez, de
vacío, pero también de estar inundada por la belleza y la emoción.
Qué alegría haberme lanzado a esta y a todas las aventuras de la vida, pues,
como dice la peli: Solo hay ahora. Ahora.