martes, 13 de octubre de 2026

Solo hay ahora. Ahora.

 

Solo hay ahora. Ahora.

– Un relato sobre la grabación de La Bola Negra en la España vaciada –

I.               El casting

El 30 de agosto de 2025 yo había ido al Festival Gigante, a Guadalajara, de hecho, había visto por primera vez en concierto a Sanguijuelas del Guadiana, que empezaban a sonar y abrieron el sábado de festival bajo el sol de verano y con un reducido público entre el que nos encontrábamos Elisa y yo.

En Sigüenza se había estado anunciando que, durante ese fin de semana, el último de agosto, iba a haber un casting para buscar figurantes para la próxima película de “Los Javis”, Javier Calvo y Javier Ambrossi, directores bastante nóveles pero que empezaban a despuntar y cuyo trabajo era seguido, sobre todo, por personas que tenían en común ser de mente abierta.

Se decía que estaban grabando una película sobre Lorca y que buscaban fundamentalmente chicos que pudieran hacer de soldados. Para captar al sector más joven de los vecinos de Sigüenza, los castings se habían programado en diferentes bares del municipio a distintas horas, el último, en el Pub Nerea, ya entrada la madrugada del sábado al domingo.

Al volver del festival, Elisa y yo, como solíamos hacer tras los “fui-vuis” musicales, nos pasamos por La Senda, la zona de los bares, y al entrar al Nerea nos encontramos a unas amigas hablando con dos desconocidos, Carlos y Malena, que en una mesa del bar charlaban animadamente con nuestras amigas mientras trataban de convencer a chicos para que rellenaran el formulario correspondiente y se dejaran grabar un pequeño video para ser considerados para la figuración de la película.

La tarea no era fácil, la temática homosexual en un pueblo en el que entre la gente joven todavía hay grupos en los que se respira la ranciedad de tiempos pasados, importa el qué dirán y se veneran ideas fascistas, no era el entorno propicio para que Carlos y Malena pudieran hacer su trabajo. Hoy me pregunto cuántos de aquellos chicos que no quisieron participar se habrán arrepentido al conocer el éxito de la película y si, al verla, alguno de sus “principios” habrá, por fin, comenzado a desmoronarse. Ojalá incluso alguno haya decidido salir del armario o simplemente haya entendido el valor de amar libremente. Igual eso es mucho pedir…

El hecho es que Elisa y yo conocemos a mucha gente, a veces no tenemos la suficiente vergüenza como para no involucrarnos y, por encima de todo, nos gusta ayudar. Así que decidimos que el trabajo de Carlos y Malena era nuestra causa aquella noche y comenzamos a participar activamente en el reclutamiento de los futuros soldados.

Al ver que nos implicábamos, algunos de nuestros amigos y conocidos se dejaron arrastrar por nosotras a aquella aventura de hacer un casting para una película en medio de una noche de fiesta. Y el efecto llamada para unos y la curiosidad para otros hizo el resto. Nos convertimos en las asistentes de Carlos y Malena, explicando el formulario y hasta proporcionando luz con nuestros móviles en la oscuridad de los callejones aledaños para que los vídeos de los muchachos quedaran grabados.

Los responsables del casting de aquella noche pasaron una velada divertida, en la que también hubo tiempo de bailar alguno de los temazos del verano y compartir confidencias. Cuando las primeras luces del día comenzaron a anunciar que la noche llegaba a su fin, Carlos nos dijo que no necesitaban apenas mujeres para la figuración de Sigüenza pero que con todo lo que habíamos ayudado, si nos apetecía participar, enviáramos al día siguiente nosotras el formulario cumplimentado y mandáramos un video a una dirección de email. Yo enseguida le dije que tenía una hermana gemela y así fue como metí a Paula en esta aventura. Me dijo que esperaba el vídeo y vernos en pantalla.

Cuando a la mañana siguiente –realmente sería más bien la hora de comer– le conté a Paula todo, ella no dudó –nunca lo hace– en seguirme hasta el fin del mundo y, aquella tarde, en el jardín de su casa, sin maquillaje y con sueño acumulado, pensamos un mini guion del vídeo siguiendo las indicaciones de Carlos, lo grabamos del tirón y lo mandamos junto con los formularios. Carlos nos contestó a pesar de ser domingo por la tarde y de que tendría más sueño que yo, pues él había estado por la mañana en Jadraque haciendo más castings para conseguir figuración para Sigüenza. Nos pidió que grabáramos otro video en modo selfie, de primer plano de las caras, y, también a la primera, grabamos juntas el segundo video que acabó llevándonos a hacer una prueba de vestuario, maquillaje y peluquería en Leganés la primera semana de octubre.

 

II.            La prueba

El lunes 6 de octubre a primera hora de la tarde nos plantamos Paula y yo en el lugar que nos indicaron del municipio del sudoeste de Madrid y nos dejamos hacer y deshacer, vestir y cambiar hasta que dieron con nuestro look para lo que serían TMP 202 y TMP 203, que eran nuestros códigos del papel que íbamos a representar como figurantes.

TMP eran las siglas de Teatro Mujer Prostituta, nos lo desvelaron nada más entrar en aquella nave abarrotada de prendas, pelucas y atrezzo, y ambas nos reímos a carcajadas. —¿No sabíais que ibais a ser prostitutas? —dijo la chica que nos tomaba las medidas y nos asignaba una bolsa grande en la que al final de aquella tarde acabaría estando nuestro atuendo para el rodaje.

Allí conocimos a un montón de trabajadores amabilísimos y simpáticos: dos maquilladoras, Clara y Ángela, un peluquero que acabó decidiendo que nuestra melena era ingobernable y que llevaríamos pelucas de nuestro color, a un montón de gente de vestuario entre la que estaban Luis y un chico majísimo que se esforzó mucho por encontrar prendas acertadas y que, al darse cuenta de que éramos gemelas, decidió que iríamos antagónicas. Estaban fascinados creando una imagen que fuera opuesta, una toda en negro, Paula, y otra en blanco, yo. Ambas con el maquillaje muy similar y el pelo ondulado y del mismo largo, por debajo de las orejas.

Vaya shock ver el resultado de lo que estuvieron tres horas construyendo. Nos hicieron fotos, algunas con soldados que estaban haciendo por allí su prueba de vestuario para ver cómo quedábamos juntos en imagen… Quitaron guantes o un collar exagerado de aquí, pusieron un cinturón por allá, último cambio de zapatos y ¡listo!

Recuerdo la sensación que teníamos al salir de allí aquella tarde, tras conocer ese mundo, ver la creatividad desbordante de las personas y cómo tenían clara la idea de la imagen que iba a hacer que encajaran en un puzle ambientado en un teatro de 1937 esas dos hermanas gemelas que hacía unas horas habían salido de sus respectivos trabajos en una universidad pública y en una empresa internacional, para acabar convirtiéndose en lo que finalmente no serían prostitutas sino trabajadoras de un teatro santanderino durante la Guerra Civil Española.

 

III.          La fábrica de personajes

Llegó el primer día de rodaje, el jueves 9 de octubre, Pau y yo, que habíamos pedido teletrabajar esos días, apagamos el ordenador y salimos pitando de nuestras respectivas casas para llegar a la finca, a la entrada de Sigüenza, en la que habían montado el set para transformar a cientos de figurantes. Un hervidero de soldados y mujeres de época se movía de un lado a otro, parecía que de forma caótica, pero la realidad es que había una buena organización y muchas personas empeñadas en que aquello saliera adelante. Como si de una cadena de producción de personajes se tratase, una vez firmado el contrato, cada quién pasaba de vestuario a maquillaje y de allí a peluquería o viceversa, según la disponibilidad de silla y manos de los incansables trabajadores en las diferentes secciones.

Para poder compaginarlo con nuestro trabajo, habíamos pedido si podíamos entrar a las 17:45, bastante más tarde que el resto de compañeros. Había tanta gente a la que preparar cada día que aceptaron y, entonces, aquellos días nosotras dos éramos más o menos de las últimas, pero hasta que llegábamos no habían parado de atender y caracterizar a gente. Agradecimos el favor que nos permitió vivir la experiencia y durante esos días hicimos jornada doble de trabajo: la de nuestro trabajo habitual, en el que habíamos pedido permiso para pluriemplearnos, y la del trabajo de extras que nos ocupaba la tarde-noche e incluso la madrugada alguno de los días.

Yo grabé los tres días que se rodaron en Sigüenza con figurantes y Paula dos porque en medio tenía un viaje de trabajo a Berlín, de esos que hace ella y que consisten en ir y volver en el día, pero que le impedía llegar a tiempo al rodaje. Lo avisó cuando nos contrataron y le dijeron que no había problema. Aquel día que faltó, todo el mundo me preguntó por ella.

Por otro lado, yo, que siempre tengo entradas para conciertos en mi haber, tuve que vender la que tenía para ver a Ultraligera en la Riviera el 14 de octubre porque coincidía con el último día de grabación de la película. Aunque pude verlos en la mítica sala madrileña una semana después de lo previsto, porque la fortuna quiso que sustituyera a mi prima Bárbara en la tarea que venía desempeñando y que consistía en hacer caretas blancas para el público de los conciertos y le permitía quedarse luego al show. Así fue como se alinearon los astros y pude volver a ver en directo a la banda que mi amiga Ana me había descubierto ocho meses antes, cuando aún eran unos auténticos desconocidos.

Volviendo al momento y lugar en el que nos convertían en personajes, a los chicos, la mayoría soldados, aunque también había músicos y otros trabajadores del teatro, los aviaban rápido, pero para apañar a las mujeres el reto requería unas dos horas por cada una, para salir de allí que, literalmente, no te reconocía ni tu madre. Y así sucedió el segundo día, cuando yo les indiqué a mis padres en qué zona de Sigüenza debían dar su paseo de tarde por si teníamos oportunidad de cruzarnos. Cuando una chica de pelo ondulado corto, en enaguas blancas, con prenda de ganchillo –una especie de bolero o torerilla– sin mangas encima, medias cubriendo las espinillas y una liga asomando por el muslo saludó a su madre aquella tarde, se demostró que la caracterización era tal que estaba a prueba hasta de los lazos sanguíneos más férreos. Irreconocible. Parecía recién salida de una máquina del tiempo de casi 80 años de lapso. Mis padres y otros conocidos que pasaron por allí y a los que saludé olvidándome de que Clara estaba escondida tras TMP 202 se quedaron boquiabiertos.

En la prueba de vestuario, Luis, al que he vuelto a ver un par de veces por el barrio en Madrid, me había hecho un atillo con un lazo de tela que usó a modo de cinturón y que servía para ceñirme y acortarme la enagua que llevaba por vestido y darle un toque al look. El primer día, mientras me ayudaban a vestirme, me dijeron que buscara a Luis para que me hiciera el nudo, pero yo, que me había fijado cómo lo había hecho él, me lo hice yo misma y me acerqué para mostrárselo pensando en ahorrarle aquel trabajo durante los siguientes dos días. Pasé la prueba y ya no tuve que estar buscándole ni molestándole para conseguir replicar el outfit los días siguientes.

Una vez estabas listo, cosa que, como ya he dicho, se demoraba bastante más en el caso de las mujeres, a algunos les daban unos toques de talco para eliminar brillos de sus trajes y a todos nos proporcionaban una mantita gris, elemento imprescindible para las largas y frías noches que nos esperaban en Sigüenza, lugar en el que precisamente el frio se tiene por bandera y es motivo hasta casi de orgullo entre las gentes.

Dejando atrás la persona de 2025 que hacía unas horas entraba por la puerta, con sus pircings, cazadora de cuero, vaqueros o atuendo correspondiente y todos los enseres personales incluidos el teléfono móvil, ya solo quedaba coger el autocar que no cesaba de hacer viajes para llevar a los figurantes hasta el lugar del rodaje, al final del Paseo de La Alameda.

 

IV.          El rodaje. Parte I “Batallón de modistillas”

El uso del móvil estaba prohibido y era totalmente incompatible con el look años 30 sin bolsillos, así que todas aquellas horas de grabación permanecimos incomunicados y a la vez 100 % presentes y viviendo, casi exprimiendo, aquella experiencia intensa, efímera y divertida. No atesoro fotografías del rodaje, pero los recuerdos son muy vivos y, ahora que casi un año después la película se ha estrenado, se reavivan las imágenes mentales y la sensación de haber vivido algo que recordaré con mucho cariño siempre.

El hecho es que al final de aquella tarde, por fin, llegamos a la zona donde se encuentra el antiguo cine abandonado. Allí, en las inmediaciones, habían instalado unas carpas con mesas corridas y una empresa de catering se encargaba de repartir baberos y cena a toda la figuración. La mayoría eran chicos jóvenes vestidos de verde, su personaje era soldados del bando nacional que iban a presenciar un espectáculo en un teatro cántabro durante la Guerra Civil Española. Había también algunos hombres vestidos de militares de mayor rango, falangistas, trabajadores del teatro… Entre las mujeres había tres grupos; las mujeres del pueblo, que son las que seguramente más frio pasaron porque rodaron en la puerta del lateral del antiguo cine durante toda aquella noche, y las trabajadoras del teatro entre las que se distinguían dos sectores: las que ejercimos como yo de camareras y cigarreras, y otras, las trabajadoras que iban más elegantes que supervisaban nuestro trabajo en el patio de butacas e intervenían cuando se formaba gresca. Paula era de este último grupo.

Ella, que es más sociable que yo, ya había entablado conversación cuando me uní a aquella temprana cena durante la que conocimos a varios de los jóvenes soldados. La mayoría habían venido en el autobús organizado por producción desde Madrid tras apuntarse a los castings en un campus de una universidad de la capital. Castilla no había proporcionado suficientes soldados a los Javis que tuvieron que optar por completar el pelotón importando, a la España de provincias, jóvenes con ganas de ganarse un dinerillo y vivir una experiencia inolvidable. Alguno de ellos seguro acabaría siendo un gran actor.

Las chicas, tanto las que nos conocíamos de Sigüenza –entre las que estaban Nieves, Casilda, Lorena, Gema, Esperanza...– como las de otros lugares, enseguida nos unimos bastante y de hecho conservamos un grupo de WhatsApp en el que hemos ido comentando nuestras ganas de ver la película tras el rodaje y las apreciaciones y alabanzas una vez el largometraje ha sido estrenado.

Entre bocado y bocado, unas y otros fuimos comentando lo que habíamos ido escuchando: han sacado camiones y camiones de escombro y excremento de paloma del antiguo Cine Capitol para reconvertirlo en un teatro franquista. El protagonista es el cantante Guitarricadelafuente, que debuta como actor. Los Javis han estado entrenando en uno de los gimnasios locales. Se dice que la actriz es Penélope Cruz…

Y así, llegó por fin el momento de entrar dentro del antiguo edificio y comprobar todo aquello con nuestros propios ojos. Según nos vio, Javier Ambrossi se quedó mirándonos a Pau y a mí y dijo: «¡Fantásticas!». Poco después, el jefe de los peluqueros, Pablo, se acercó antes de que empezáramos a grabar, a despeinarnos y a indicar a las maquiladoras que nos “corrieran” un poco el maquillaje, pues la escena que íbamos a grabar el primer día iba temporalmente detrás de las que grabaríamos los siguientes y, por tanto, debía parecer que era ya el final de la noche en el teatro en el que supuestamente trabajábamos.

Nos explicaron nuestro cometido, el mío aquella noche era portar una caja-bandeja de madera y, junto con Lorena, vender tabaco a los soldados, intercambiar las cajetillas de cigarrillos y de cerrillas con los billetes que ellos tenían. Después, con cada “corten” deshacíamos el intercambio para estar preparadas para la siguiente toma en la que volvíamos a recorrer las mismas filas del patio de butacas.

Mientras tanto un número musical comenzaba con la impactante entrada de un tanque por la parte lateral trasera del teatro, repleto de bailarinas vestidas de legionarias y capitaneadas por una mujer de peluca rubia que entonaba la canción “Batallón de modistillas”, que, tras los ensayos con una doble y justo en el momento de grabar la primera toma, resultó ser la mismísima Penélope Cruz.

Entre los ensayos con la doble y las distintas tomas grabadas con Penélope, entre las cuales se cambian cámaras de posición y todas esas cosas técnicas que hacen que luego esos segundos de película sean sublimes, había parones en los que siempre se acercaba alguien del equipo a darnos una manta o agua. Perdimos la noción del tiempo y todos aquellos segundos parecían grabarse en la memoria a cámara lenta permitiéndonos apreciar, comprobar in situ, que no hay una actriz en el mundo mejor que Penélope Cruz.

Me fijé en una mujer vestida con lentejuelas un poco estilo charlestón años 20, que estaba con otras dos o tres mujeres que no eran parte de la figuración como nosotras, pero también representaban el papel de trabajadoras del teatro. Ella también vendía cigarros a los soldados. En un momento de la noche coincidimos en el pasillo central e intercambiamos unas palabras. Pensé: «¡Qué agradable!». Después me enteré que era la madre de Javier Ambrossi.

Cuando va avanzando la noche, aprovecho los momentos de parón entre tomas para descolgarme del cuello la bandeja de madera repleta de cajetillas de tabaco y los paso con ella apoyada en uno de los respaldos de una silla del patio de butacas, donde luego, en la toma, arranco a andar entre soldados. Pues estando así, se acercó Guitarrica por el pasillo y se paró junto a mí a preguntarme con verdadera curiosidad si pesaba mucho la caja-bandeja de madera y a observar lo bien que el departamento de arte había hecho todo lo que en ella llevaba. En el momento pienso que es amable y, sobre todo, da la sensación de desbordar inquietud, de querer absorberlo todo. En cierta manera parece un niño curioso, pero a la vez asustado y muy delicado. Yo, por supuesto, no le digo que me gusta su música y que le he visto en concierto, por ejemplo, aquella tarde de julio de 2022 en el escenario principal del Mad Cool.

No es fácil pasar entre las estrechas filas de soldados con la bandeja de madera repleta de cajetillas mientras Lorena me precede repartiéndolas y “cobrándolas”, menos aún cuando llega el momento de la escena en el que todos los jóvenes se levantan y, jaleando, se mueven hacia el lugar por el que despliega su desparpajo Nené Romero, el personaje que interpreta Penélope Cruz.

La escena se repite varias veces, aunque yo diría que es para captarla desde diferentes ángulos, pues ella, y su corte de bailarinas, está perfecta; movimientos milimétricamente coreografiados que no por ello dejan de parecer absolutamente naturales y espontáneos.

En un momento dado, uno de los soldados del gallinero nos pide una cajetilla de tabaco, acertamos a lanzársela a la primera, lástima que el logro no quede grabado porque verdaderamente parecía ensayado. En mi prudencia le digo a Lorena que es mejor no arriesgarnos a repetirlo, vaya a ser que la siguiente vez no tengamos tanta fortuna y le caiga a alguien en la cabeza, lo cual no sería agradable contando con que el atrezzo estaba hecho de listones, bueno prismas, de madera envueltos en el cartón que simulaba a la perfección ser cajetilla de cigarrillos de la época.

Terminamos de grabar a altas horas y, al salir del teatro, unas mesas con bocatas calientes y bebidas nos esperaban para reponer fuerzas y entrar en calor antes de subirnos al autobús para volver a la finca en la que de manera mucho más ágil que aquel inicio de tarde y a la inversa, desharíamos a nuestros personajes y volveríamos, a casa unos y a Madrid en autobús la mayoría, para reposar lo vivido unas poquitas horas antes de volver al trabajo. En mi caso, cuando conseguí deshacerme de los restos de pegamento de la peluca y del intenso maquillaje, vi que el despertador sonaría en poco más de tres horas. El hecho no desdibujó mi sonrisa.

En el lugar en el que estaba todo el set de maquillaje, vestuario y peluquería, un montón de trabajadores esperaba a que los cientos de figurantes regresáramos del rodaje por lo que sus horas de trabajo se alargaban infinitamente. Allí nos ayudaban a quitarnos pelucas, desvestirnos y guardar todo para el día siguiente. Dos chicas de vestuario marcaban si se había descosido o roto alguna prensa para tenerla arreglada para la siguiente jornada. Algunos de los trabajadores se volvían a Madrid con los figurantes o en furgonetas de producción, otros habían tenido la fortuna de permanecer alojados en Sigüenza o alguno de los pequeños pueblos cercanos. Todos estaban maravillados con la belleza de la ciudad medieval castellana que había acogido el rodaje con los brazos abiertos.

 

V.            El rodaje. Parte II “Las tardes del Ritz”

Los siguientes días de grabación fueron el lunes 13 y el martes 14 de octubre. El martes, antes de grabar, perdí a Paula en aquel lugar “de producción de figurantes”. Su creación de look tardó más de la cuenta y el autobús en el que nos fuimos al lugar de rodaje partió sin ella. Llegaría en uno mucho después cuando yo ya había comenzado a inquietarme porque tardara tanto y había empezado a atesorar las pequeñas anécdotas que se había perdido y que tenía que comentarle más tarde: ha pasado Guitarrica, dicen que hoy entran primero solo los soldados, que las chicas nos quedamos fuera esperando a entrar… Cuando Pau apareció resultó que había habido una complicación de casi dos horas con su peluca. Esta anécdota es solo una de las muchas que ilustran que la perfección era el objetivo de todos los trabajadores involucrados en la película.

Tanto es así que el segundo día entre mi vestuario había desaparecido una liga azul que yo había llevado en el muslo derecho durante el primer día de rodaje y no pararon hasta encontrarla. Resulta que la habían sacado de la bolsa de mi atuendo de trabajadora del teatro y la habían utilizado para algo aquella mañana. Unos y otros hablando por Walkie Talkie se fueron preguntando y nadie cesó en su empeño hasta que no localizaron que la tenía alguien en el antiguo cine abandonado en el que grabábamos y, hasta que justo segundos antes de grabar la primera escena aquel día me la dieron para que luciera exactamente igual y no hubiera ningún tipo de fallo de continuidad.

Tanto el lunes como el martes, mi compañera fue Gema y nuestra labor consistía en rellenar los vasos y copas de los soldados o repartirles vasos nuevos de whisky; realmente era Nestea o mosto, según el momento, y las botellas de cristal las rellenábamos nosotras mismas entre toma y toma entre bambalinas y con un embudo. Las primeras veces lo hacía personal del equipo técnico, pero pronto tomamos la iniciativa y les ahorramos el trabajo. Todas las veces que pasamos por aquella zona del antiguo rellano principal del Cine Capitol que permanecía ajena a las cámaras y repleta de trabajadores del mundo del cine que hacían que todo aquello funcionara, descubríamos algún entresijo del rodaje: una chica se pasó todas aquellas noches liando cigarrillos para que muchos de los soldados y algunas de las mujeres del público del abarrotado teatro los consumieran en los momentos en los que se gritaba: «motor», «acción». En otro momento oímos a Javier Calvo decirle a una señora llamada Olga, que parecía hacer el papel de la encargada o dueña del teatro, que se le había ocurrido que le dijera una frase a Penélope, solo su voz a través de una puerta llamándola. Cuando un año después vi la película, al oír la frase recordé la anécdota y cómo Olga aceptó aquel guante tendido por Javier Calvo delante de mis narices. Resulta que Olga era Olga María Ramos, la hija de una famosa cupletista que fue inspiración para los Javis en la creación del personaje interpretado por Penélope y que había estado ayudando a la actriz madrileña a preparar su actuación como Nené Romero. También recuerdo cuando uno de los jóvenes asistentes de producción se nos acercó extasiado tras la grabación del número de “Las tardes del Ritz” y dijo: —Están visionando el resultado, se habla de Goya. Si hubiera sabido entonces todos los premios cosechados ya por la película y eso que aún quedan meses para los Goya y para los Óscar en los que no hay duda de que el film hará historia...

Tras rellenar las botellas, Gema y yo, nos preparábamos para salir a escena desde las cortinas de la parte trasera del teatro una vez habían sonado los primeros compases de la canción que se correspondía con el número de “La Epiléptica” que estaba teniendo lugar sobre el escenario. Una vez se cortaba recogíamos los vasos que habíamos repartido entre las filas del patio de butacas para tenerlos en nuestro poder y deshacíamos lo andado para volver a estar preparadas y tratar de reproducirlo al grabar lo mismo en la siguiente toma.

Según fue avanzando la noche, el frio se intensificó y todos, incluso los Javis, estaban pendientes de que, sobre todo las que más ligeras de ropa íbamos, no pasáramos frio. En cada “corten” un montón de amables asistentes de producción entraban a ponernos las mantas sobre los hombros. A los pocos minutos, nos las volvían a recoger junto con los restos de botellas de agua que también ponían a nuestra disposición. Se aseguraban que no quedara en plano nada que no perteneciera a aquella ficción, una función de teatro para soldados en una noche de 1937.

El último día, hubo un parón más largo en mitad de la noche en el que tuvimos que esperar fuera del teatro, creo recordar que porque estaban moviendo una de las grúas de cámara. Entonces se acercó Genoveva, que me había maquillado uno de los días y con la que había entablado buena conversación después de que ella alabara las largas pestañas herencia paterna y lo curioso de la heterocromía de mis ojos. Equipada con su maleta de maquilladora vino a retocarme y, cuando yo se lo agradecí y alabé su trabajo, una vez más tuvo palabras amables, en esta ocasión hacia la forma de mis labios que en este caso es herencia de la abuela Lili. ¡Qué maravilla coincidir con gente que, además de con profesionalidad, hace su trabajo con cariño y amabilidad!

Volvemos a entrar y veo que Paula intercepta a Javier Amborssi, ya me había dicho que le iba a decir algo. Miro expectante. Pau tiene los ojos brillantes y esa sonrisa que hacen que Ambrossi no dude en pararse a escucharla, ella le suelta del tirón: —Perdona, ¿tienes un segundo? —no espera a que él conteste, ve que él se para y ella prosigue— Quería daros las gracias por vuestra sensibilidad por la visibilidad y por venir a rodar a la España vaciada. A él se le humedecen los ojos y acierta a decir un emocionado “Gracias”. Siempre estoy orgullosa de mi hermana, pero aquella actuación fue absolutamente estelar.

De aquella noche también recuerdo la admiración que sentí al ver a Penélope interpretando “Las tardes del Ritz”, cuando se desmadeja en los brazos de su compañero de escenario y la cara al girarse hacia el público antes de su famosa frase “¿hay alguien por aquí de Madrid?” ¡Qué privilegio haberlo vivido y qué sensación verlo en el Renoir en pantalla grande rodeada de la familia! Lo de menos casi es reconocerse entre lo que queda en segundo plano de esas dinámicas secuencias. Aunque es precioso sentir que eres parte, aunque sea ínfimamente, más aún con lo bonita, necesaria y bien contada que les ha salido a los Javis La Bola Negra.

Ya entrada la madrugada, cuando dieron por buena la última toma que se rodaba en Sigüenza, Penélope, desde el escenario, nos dedicó a todos unas palabras que entendimos mejor muchos meses después cuando desveló que nada más llegar al rodaje a Sigüenza había recibido una llamada de su médico sobre una posible pequeña aneurisma cerebral y que la semana siguiente debía someterse a una prueba para confirmar o descartar semejante diagnóstico. Ella, que no puede ser más profesional ni mejor actriz, viendo que la prueba no podía adelantarse preguntó al doctor si podía hacer ejercicio aeróbico, pues los números de Nené así lo requerían y era lo que se grabaría aquellas noches. Le dieron el ok y rodó aquellas tres noches con la agonía metida en el cuerpo. Aquella última noche Penélope dijo: —Para mí era difícil lo que tenía que hacer y quiero agradeceros a todos la atmósfera que habéis creado porque es lo que me ha permitido hacer mi trabajo. Todos aplaudimos. También, por supuesto, a los Javis que con amplia sonrisa se sumaron a los agradecimientos.

 

VI.          The end

Al terminar el rodaje la sensación fue muy parecida a la que sentí cuando se encendieron las luces del cine después de ver la película la primera vez, de vacío, pero también de estar inundada por la belleza y la emoción.

Qué alegría haberme lanzado a esta y a todas las aventuras de la vida, pues, como dice la peli: Solo hay ahora. Ahora.