jueves, 21 de febrero de 2013

Nubes grises


     Tras unos días de inusual calor la mañana había amanecido nublada. Sobre la torre del campanario las nubes grises cargadas de agua se cerraban, amenazantes, presagiando las lluvias de un febrero loco que agonizaba.

     Con vaqueros desgastados y amplio jersey de lana cargaba la leña necesaria para combatir el desapacible día; llenaba los cubos en el garaje y los subía, apilándolos cuidadosamente en los últimos escalones junto a la gran cesta de piñas.

     El timbre del microondas sonó justo cuando las dos piñas incendiadas en el interior de la chimenea conseguían prender los primeros troncos.

     Desayunó mientras revisaba el mail y las principales noticias de la mañana. Hacía meses que una ola de lugubridad y pesimismo había invadido el respirar general ante la delicada situación en la que se encontraba el país.

     Los gobernantes presionados por los grandes bancos y las agencias de calificación europeas trataban de salvar el país a golpe de recorte. Cada vez más alejados y ajenos al "sobrevivir" diario de los ciudadanos y rodeados de un aura de corrupción, falta de transparencia y tráfico de influencias que, si bien parecía no importarles, ignoraban que acabaría siendo el detonante de lo que posteriormente sería "la explosión social".

     En aquellos tiempos no había otra manera de estar informado que ser activo en las redes sociales y contribuir en las cada vez más frecuentes protestas y movilizaciones contra las asfixiantes medidas de un gobierno tan corrompido como parcial. Pues siempre acababan dejando que la hebilla no cambiara de agujero en el cinturón de los más ricos.

     Cuando terminó de indignarse con las noticias del día decidió que era hora de empezar el trabajo.

     Había pasado muchos años en la ciudad, entre atascos y reuniones, trabajando para una gran multinacional farmacéutica. Ahora tenía la suerte de trabajar desde casa. Sin embargo sabía que no sería por mucho tiempo pues la nueva ley había abaratado tanto el despido que pronto la empresa aumentaría su margen anual de beneficios poniendo en su puesto a un joven becario que solucionaría el grueso de las tareas por un módico precio. No podía quejarse, llevaba cuatro años librándose de engrosar las listas del paro; cosa que no podía decir de la mayoría de sus amigos y conocidos. Ni los sacrificados currantes que habían estado empleados en duros puestos desde los dieciséis años, ni aquellos compañeros de facultad bien preparados que no fueron capaces de atisbar el gran fracaso de su generación tras los sobresalientes y las matrículas de honor. Un fracaso que todos, unos y otros, sentían como propio y que a muchos, los menos optimistas, les iba minando la moral. Sin embargo la sensación de culpabilidad no les correspondía, aquel fracaso no era suyo era del sistema. Pensaba mientras sus dedos se enredaban en los hilos sueltos del desgastado vaquero. 

     Y hasta que la indignación no llevara al verdadero despertar social y la presión en las calles no quebrara la banalidad de la clase política el cambio seguiría siendo una utopía.

     Dejó de jugar con los hilos del vaquero y se obligó a alejar de la mente a su "yo" reivindicativo. Al fin y al cabo poco podía hacer desde aquel aislado pueblo del Pirineo Navarro.

     Abrió en el portátil el informe sobre las contraindicaciones de un nuevo medicamento para combatir la ansiedad que se acababa de testar mediante ensayos clínicos. Pronto su mente volvió a salir de las obligaciones y comenzó a divagar sobre el estrés, la ansiedad, la depresión... Problemas frecuentes en la sociedad actual que no hacían más que evidenciar la mala salud del sistema.

     Dos horas después terminó el  informe y lo envió a través de la intranet de la compañía. Se sentía satisfecha aunque sabía perfectamente que aquel trabajo nunca le sería reconocido. Avivó el fuego de la chimenea, tendió una lavadora y pronto volvió a ponerse frente al ordenador; acababa de concluir la presentación que usaría dentro de unos días en Zurich en el congreso anual de farmacología. Había sido invitada para hablar de las técnicas de eliminación de fármacos presentes en el medio ambiente. Estaba redactando un e-mail cuando sonó el teléfono.

     Eran malas noticias. La tía Ana llamaba con su voz entrecortada por las lágrimas; consiguió entender que hoy le había llegado la carta de desahucio. 

     En aquella gran casa de piedra y tejado de pizarra se le acababa de congelar hasta el habla. Había llegado el momento de hacer algo.





     Hoy iba escribir una bonita historia, quizá un viaje, una aventura; iba a inventar un relato lleno de intrigas o quizá una historia de amor... Sin embargo salió 'esto'. Discúlpenme el tono y a la realidad lo triste. Supongo que el boli reflejó el cansancio de esperar; la paciencia se agota y hasta al más optimista parece faltarle la ilusión. Me agota que algunos sigan defendiendo lo indefendible y otros se aferren a los restos del naufragio de un barco que se hundió hace ya mucho tiempo. 

     No creo en las cómodas revoluciones de sofá ni en este 'estado del bienestar'. Llámenme ingenua pero no voy a dejar que acaben con mi entusiasmo y lo tiñan todo de negro. Que si las nubes grises auguran tormenta habrá que salir a ver como la lluvia refresca.