lunes, 30 de mayo de 2016

Bajo la lluvia

No estoy segura que fuera Semana Santa, lo que sé seguro es que era un día de espectaculares nubes grises, de esos de tormenta. Había llovido durante horas, no hacía frío, aunque dentro el fuego estaba encendido. Recuerdo el olor a tierra mojada y también la tenue luz, pues el atardecer acechaba.
Apareció sonriente con sus pantalones de pana beige, su cara desbordaba emoción:
- ¡Tito! ¡¡¡Me he caído en un pozo hondo!!! Dijo agarrando la manga de la chaqueta vaquera de mi padre.
No pudimos contener la carcajada, el pozo era un charco que la persistente lluvia había dibujado en el camino y aquella la sexta vez que mi tía le cambiaba de ropa.
Acababa de llegar, transmitía el afán por descubrir el nuevo mundo que le rodeaba, energía, ilusión, vitalidad… Su felicidad era contagiosa y nos hizo felices a todos.

De los momentos previos, lo que guarda mi memoria infantil es una larga espera, y la sensación de tensión en casa cuando llegaban noticias del viaje de los tíos a Colombia.
Cuando meses antes me enteré que había que hacer un árbol genealógico con todos los miembros de la familia pensé: imposible. ¡Somos muchísimos!...Cuando lo vi acabado (fue una de las primeras cosas que vi a ordenador) me pareció que debía haber costado horas y horas de trabajo. Me busqué. Aparecía junto a mi hermana en líneas consecutivas; nuestra fecha de nacimiento, nuestros nombres y apellidos y una frase al lado: “cursando 3º de primaria”. Curioseé el documento… alucinante. ¡Estábamos todos!
Tras la primera visita y las cinco mudas, de nuevo limpias, secándose delante de la chimenea, los recuerdos se amontonan sin estricto orden cronológico: los pelos alborotados, gotas de sudor cayendo por la frente tras horas de juegos y aventuras, el balón apoyado en la cadera, otros ilustres compañeros de juegos como una piedra o un palo… Vagas imágenes pero un nexo común: una nítida sonrisa.

Pasada la infancia y la adolescencia, llega el orden a los recuerdos de mi memoria. El Facebook recorta parte de los kilómetros que nos separaban y me permite darte ánimos en los momentos complicados (es aquí cuando, discúlpenme, cambio la 3ª persona por 2ª, para acercarme, acercarle). Y Tú te encargas del resto, de paliar la distancia casi anualmente con tus “visitas a las tías”, de las que todos nos nutríamos. Disfrutábamos embelesados.
Y entonces me acuerdo de tu piel suave, de los fuertes besos que nos dabas, de lo cariñoso y cercano que eras a pesar de vernos del ciento al viento, de tu sentido del humor, siempre bromeando. De que siempre empezabas las frases con un ¡prima! o un ¡tita! que nos tenía ganados… y sobretodo, de tu sonrisa interminable. Tu felicidad nos hacía, nos hace y nos hará felices siempre a todos. Gracias por enseñarnos a bailar bajo la lluvia. Lo seguiremos haciendo. Te queremos.


P.D.: ¿Te cuento un secreto? Eres indirectamente responsable de lo orgullosa que me siento de mi trabajo diario. Gracias por recordarme el sentido que tiene.