martes, 20 de noviembre de 2012

Entre el sueño y el despertar


La niebla cubría los tejados y bajaba hasta la calle penetrando en los huesos de los escasos transeúntes que se atrevían a transitar las aceras a aquella intempestiva hora. Yo no podía dormir así que había salido del envolvente calor del nórdico con intención de aprovechar la madrugada. Enredada en la gustosa manta de rayas y sosteniendo una infusión en la mano derecha miraba divertida a través del cristal.
Aquella niebla me transportaba a otros lugares: Londres, Tromsø, Göteborg... Y precipitaba mi imaginación hacia los relatos de Anne Perry, Henning Mankell o Agatha Christie. El mágico ambiente creado por la densa niebla blanca y la tenue luz amarilla de las farolas que, esperando el amanecer permanecían aún encendidas, me llevaba a situar a los transeúntes en el papel principal de historias detectivescas y policiacas que surgían, se agolpaban y finalmente se desvanecían en mi cabeza. Me gustaba jugar a imaginar las vidas de aquellas personas.
Los edificios cercanos comenzaban a salpicarse de ventanas encendidas; la ciudad parecía estar en ese ligero tránsito entre el sueño y el despertar.
Un señor con bastón y sombrero oscuro cruzaba la calle. Al otro lado un barrendero daba los últimos empujones a su carro a sabiendas de que su jornada estaba por fin al borde de extinguirse.
La densa niebla me impedía ver más allá de la avenida principal pero mis ojos estaban fijos en aquella dirección pues el silencio de la noche acababa de ser interrumpido por un acompasado y seco ruido. Toc, toc, toc, toc... Mi curiosidad se vio satisfecha al descubrir la figura de una mujer; se abría paso entre la niebla con andar firme y decidido.
El único sonido que cortaba la noche provenía de sus tacones; unas delicadas botas de ante beige que combinaban con un grueso abrigo de pelo que le cubría desde el cuello hasta la cintura, dejando ver la parte inferior de un precioso vestido rojo. Lucía una larga melena rubia cuidadosamente recogida tras su oreja izquierda. La cara pálida, como de porcelana; resaltaba el carmín que seguro coincidía en color con las uñas, pero eso es más imaginación que realidad pues resguardaba las manos del frío bajo guantes de cuero negro.
Me llamó la atención su caminar, tan enérgico y decidido a pesar del calzado y de lo resbaladizas que debían estar las baldosas con tanta humedad. Perdí de vista su figura cuando dobló la siguiente esquina. Poco después la misma acera la recorrían dos elegantes caballeros vestidos de traje con abrigo largo oscuro y guantes. Me di cuenta de que la estaban siguiendo. Al llegar a la esquina ambos pararon, uno asomó la cara hacia el lugar al que se había dirigido la mujer de rojo y con un gesto indicó al otro que podían proseguir. Desaparecieron de mi vista.
Pasé varios segundos, quizá algún minuto, ensimismada, con la mirada perdida tratando de explicarme lo que acababa de ver. ¿Sería fruto de mi imaginación? No, aquello había sido real. Me contrariaba no poder hacer nada y más aún no saber. La curiosidad realimentó mi ya de por sí efervescente imaginación: ¿Serían agentes secretos y ella una peligrosa delincuente? ¿Serían sicarios y ella una importante ejecutiva que custodiaba con su vida información confidencial? No podía soportar la intriga... ¿Cuál sería el desenlace? Al día siguiente tendría que devorar todos los periódicos en busca de algún indicio que cuadrara con la escena que había vivido desde mi ventana.
Las divagaciones debieron agotarme porque no sé muy bien cómo llegue a la cama y caí rendida. Lo siguiente que recuerdo es la armónica de Dylan, sonaba en la radio cuando esta se activó al apagar la alarma. El despertador marcaba las nueve de la mañana.
Cuando me levanté pensé que todo había sido un sueño, la manta de rayas estaba cuidadosamente doblada sobre el sofá. Fuera hacía un espectacular y frío día. Si en algún momento de la noche había habido niebla, ésta se había esfumado y dado paso al sol de noviembre. En la cocina todo estaba en su sitio. No me di cuenta que una taza con restos de infusión reposaba junto a la ventana. 

jueves, 25 de octubre de 2012

Siempre escribo tras el billete del autobús


Cuando me desperté aún era de noche. Fuera el viento había parado y sin embargo la calle parecía un lugar desapacible.
Una hora más tarde en la parada del autobús a las afueras de aquel pequeño pueblo gaditano yo esperaba que la noche agotara su reinado y que llegara por fin aquel trasto en el que emprendería el regreso a casa.
Allí sentada me di cuenta que inconscientemente sujetaba con fuerza mi mano izquierda; aún me seguía doliendo.
Miré el reloj, faltaba un cuarto de hora. Me giré a observar la belleza de aquellas construcciones inmaculadas arriba de la montaña, bajo la luz amarilla de las farolas tenían un aire mágico; no me fue difícil imaginar historias cuyas protagonistas sin duda eran bellas princesas árabes.
Si cerraba los ojos podía escuchar el suave azote del mar contra la base de los acantilados que sujetaban aquella serpenteante carretera.
El autobús llegó, tan sólo cuatro pasajeros nos unimos a la media docena de somnolientos que ya ocupaban sus asientos. En la radio un estridente locutor se esforzaba por animar la mañana, su entusiasmo resultaba casi ridículo a esas intempestivas horas de la mañana de aquel lunes.
Ocupé mi asiento junto a la ventanilla izquierda, abrí mi libro de lectura y me sumergí en un mundo totalmente ajeno a aquel lunes, a aquel autobús, a aquella inhóspita realidad.
Cuando me quise dar cuenta el día se había abierto paso y la sinuosa carretera que bordeaba la costa había quedado atrás. Aquel trasto lleno de viajeros circulaba por la autopista rumbo hacia el norte.
Me enrosqué el pañuelo negro al cuelo, tenía frío como casi siempre que viajo. Entonces me di cuenta, al otro lado del pasillo un niño rubio de grandes ojos verdes me miraba con expresión severa. Le saqué la lengua y pareció sorprendido, sonrió y abrió ligeramente la mano para enseñarme un pequeño muñeco de plástico duro y llamativos colores que llevaba encerrado en su puño, guardado con el afán del que custodia un gran tesoro.
Yo exageré mi cara de sorpresa, ambos sonreímos y volvimos a inmiscuirnos en nuestros solitarios pensamientos. Él más convencido aún del gran valor del muñeco que sujetaba.
Cuando agoté las páginas del libro que me mantenía fuera de aquel autobús el niño se había acurrucado en el brazo de su madre y dormía plácidamente. Por un momento envidié su descanso, su expresión no podía sino evidenciar la ausencia de responsabilidades y la plena felicidad.
Cuando días atrás había emprendido aquel viaje hacia el sur no podía imaginar todo lo que me traería. La perspectiva desde la distancia y la reflexión alejada de la rutina habían puesto ante mí una clara evidencia: en los últimos meses se había desdibujado mi “objetivo de futuro”. Ahora aparecía ante mí perfectamente perfilado.
No había tomado ninguna gran decisión, simplemente iba a tratar de mantener en mi vida todo aquello que me hacía feliz. Pensaba recuperar mi espíritu de lucha, ¡aún me quedaban muchos sueños por cumplir!
Las horas fueron pasando y la última sonrisa de aquel largo viaje la dibujó en mi cara una melodía; en la radio sonaba Mi niña Lola. Tan sólo dos días atrás en una vieja taberna flamenca del casco antiguo María José había entonado aquellas dulces notas acompañada de una espontánea guitarra y del precioso compás de sus propias palmas.  

jueves, 13 de septiembre de 2012

Realidad difuminada

Por la ventana entraba aquel olor a pino, a tierra, a oxígeno. Aquel olor intemporal que reconforta por dentro. Lo único que rompía el silencio era el tintineo de la farola mecida por el suave viento. No parecía haber un alma por la calle en la noche de aquel caluroso septiembre.
Yo andaba inmersa en mis ‘reflexiones vitales’ pues septiembre es siempre un mes de cambio. Había decidido tomármelo de vacaciones ante lo que luego pudiera acontecer; me las prometía felices disfrutando de la soledad bajo la manta de rayas, como en Palma, pero no. Finalmente mi idea había tenido tanto éxito que la familia había decidido copiarla y allí estaba yo; ¡quién lo iba a decir!, echando de menos la soledad.
El mundo había seguido girando, a veces a ritmo vertiginoso, otras (sobre todo los domingos) un poco más pausado y había llegado el momento de decidir cuál sería el Plan B. En caso de que el Plan A, la resolución de aquellas becas de doctorado en España, no diera sus frutos; lo tenía claro: debía ejecutar un plan de huída. Siempre me gusta tener un As bajo la manga y aquel era el momento de esconderlo.
Probablemente la opción más lógica fuera viajar a Alemania, allí podría perfeccionar el inglés que empezaba a oxidarse en algún rincón de mi cabeza y aprender la lengua germana, muy valorada en el ámbito científico. Pero ¿quién sabe? ¿por qué iba a ser la opción lógica la más correcta?
 
Sin duda había sido un largo verano, parecía infinito el tiempo que había pasado desde aquella semana en Santander a mediados de junio. Y en cambio, si cerraba los ojos, aún podía sentir sobre la piel el calor de aquel sol aún primaveral.
No podía calcular cuántos kilómetros había recorrido, a cuántas fiestas había asistido, cuánto tiempo había dormido, cuántas horas había trabajado... Simplemente, los recuerdos de aquel verano acudían a mi mente en forma de fotogramas. Bien es verdad que, por diferentes motivos, en mi memoria el verano tenía una clara banda sonora Love your ground de Mumford&Sons.
Ahora, con la perspectiva del tiempo sé que por aquel entonces yo ya me había reconstruido. Me sentía feliz, había sacado el lado bueno hasta de las situaciones más dolorosas y creo que en el fondo me sentía orgullosa de haber creado una versión mejorada de mi misma. Vivía el momento sin renunciar a mis sueños.
Siempre he sido muy racional, fría y bastante hermética; sin embargo, entonces andaba preocupada, es más, emocionada al ver injustamente quebrarse los frágiles sentimientos de otros a mí alrededor. Yo ya había pasado por aquello, quizá de otra manera, diferente. Aún así no tenía palabras. Llegado el caso cada uno debe vivir a su manera el ‘camino hacia la indiferencia’.
 
Me había quedado dormida con el ordenador sobre las rodillas, lo dejé en el suelo, apagué la luz y me tapé con una manta. Pocas horas después, aún de madrugada, me desperté acurrucada en un extremo de la cama, sonreí. Por la ventana aún abierta llegaban los augurios de un frío invierno. Ya no recuerdo si aquellos vientos de cambio me trajeron también las primeras anginas de la temporada, sea como fuere el verano se había alargado y yo esperaba con ansía el mejor momento del año, la época del jersey. Las lluvias de otoño, el calor de la chimenea, los jerséis de cuello vuelto...
 
A la mañana siguiente la luz que entraba a través de las cortinas presagiaba un cielo repleto de nubes grises, puede que fuera aquello, o quizá el sonido de mis primos pequeños en el patio trasero, lo que me hizo despertar cargada de energía. Con ellos tenía ya esa sensación de nostalgia al ver que la magia de los momentos compartidos durante su niñez pronto sería recuerdo del pasado.
Salí de la cama. Sobre la camiseta que hacía las veces de pijama de verano me cerré la sudadera verde que encontré arrugada sobre la silla de la habitación; reposaba en aquel montón que yo llamaba ‘ropa en tránsito’. Bajé las escaleras estirando bien las mangas, intentando esconder las manos. Puse la cafetera sobre el fuego pequeño de la cocina de gas y un par de rebanadas de pan del día anterior en el tostador. El gran ventanal del salón permanecía cerrado; tras él, un amenazante cielo gris desafiaba mis planes de aquella mañana.
Otra vez aquel olor, ¡se me habían quemado las tostadas! ¡Qué desastre! Empezaba a pensar que había un fallo genético por el cual era imposible que yo no quemara el pan ni se me saliera el café de la cafetera... Lo del café resulto no ser un defecto hereditario y se solucionó poco después cambiando la goma desgastada de la cafetera. Sin embargo, aún conservo la teoría de que la alta frecuencia con la que carbonizo tostadas no es por despiste sino por algo más grave. En fin, aquella mañana acabé desayunando cereales integrales.
Volví a subir al piso de arriba. Los últimos días el calentador había estado fallando pero aquella mañana el agua caliente aguantó hasta el final de la ducha. Me vestí con ropa cómoda; aunque no hacía el frío suficiente estaba deseando sacar los pantalones negros de montaña ¡les había cogido tanto cariño en el viaje al Ártico!, así que me empeñé en lucirlos... Una sudadera, las botas y en la mano el chubasquero blanco. Pocos minutos después salía por la puerta de casa ajustándome la coleta.
Había pensado dar un paseo por mi lugar preferido del planeta; sobre la margen derecha de los cortados que encajan el Río. A sólo unos minutos de casa era para mí un lugar donde el tiempo se paraba, casi siempre inhóspito, cercano a lo que yo entiendo por ‘el Fin del Mundo’. Me sigue encantando ir allí de vez en cuando y ver cómo el paisaje va cambiando al son del paso de las estaciones. No me canso de admirarlo; siempre igual, siempre diferente.
Comencé a dar los primeros pasos observando aún claramente las huellas del largo estío y empecé a disfrutar de la belleza de aquellas monumentales rocas, el serpenteo del bosque de rivera desde las alturas, los diferentes blancosgrisesnegros del cielo que se cernía, aún contenido, sobre el lugar. Y entonces, en el bolsillo derecho del chubasquero empezó a vibrar mi teléfono móvil. Descolgué.
Ni siquiera en el fin del mundo se puede estar tranquilo. Sin embargo, aquella llamada cambiaría mi vida para siempre.
 

 
 

domingo, 17 de junio de 2012

Un billete de autobús


La parte de atrás del billete de autobús me sirve para escribir estas líneas; son líneas de domingo, de viaje, de vientos de cambio, de falta de sueño y pedacitos de dentro. Y pienso: no me tendría que haber tomado la segunda coca-cola, me habría dormido antes siquiera de haber salido de Vitoria y me habría evitado esa peli ñoña... Y debería haber hecho más fotos, hubiera gastado la batería del iPhone y así no habría tenido que darme cuenta que aunque lo quiera, aunque esté cerca, aún no he podido escribir mi gran éxito 'Road to indifference'.
Y hoy toca Bruce Springsteen y pienso (como las últimas veces que he sabido que tocaba): la próxima en cuanto me entere compro la entrada sin pensarlo.
Y sé que hoy es un domingo diferente porque el nudo en la garganta, ese que contiene todas las lágrimas de todos esos domingos reflexivos se esfumará y en mi cara se dibujará una gran sonrisa, de esas en color y High Definition.

Miro hacia fuera. Una señal en la carretera indica 24 kilómetros a Aranda de Duero y estando lejos me siento en casa y miro con añoro este campo al que seguro volveré a recurrir mentalmente cuando me sienta extraña. Porque siempre lo hago.

Y no ha llovido aunque las nubes y los vientos eran de tormenta, y socialicé sin ser sociable y te echaré de menos sin conocerte, y caminé descalza por la playa para sentir el latir de un mar en calma.
Y viajé, viajé mucho sin moverme de la silla, rememorando aquel lugar que siendo real pareció sueño. Y soñé volver y ¡por soñar que no quede!, cambiar el mundo desde allí lejos.

Tras las gafas de sol se esconden mis ojos y un deseo: que la próxima lágrima no sea salada.

...Y pensé: algún día tengo que volver a la Luna.




miércoles, 29 de febrero de 2012

Relato imaginado una tarde de invierno: Y en aquella cotidiana vorágine ella había perdido la noción del tiempo.

Ella miraba sus manos, ensimismada, como si no hubiera visto unas tan bellas en toda su vida; se movían ágiles por los trastes de aquella guitarra acústica. El sonido era fuerte, enérgico, contundente… ¡parecía imposible que proviniera de aquellos movimientos delicados y elegantes! La mano izquierda parecía un conjunto de delgados bailarines que seguían una majestuosa coreografía meticulosamente ensayada. La derecha marcaba un ritmo lleno de matices, cuyo valor era parecer sencillo de ejecutar sin serlo.  
Alrededor, el mundo transitaba frenético: ejecutivos con elegantes carteras y gesto preocupado, madres que arrastraban a niños somnolientos que a su vez tiraban de mochilas llenas de libros, jóvenes universitarios que carpeta en mano se apresuraban para no llegar tarde a sus clases matinales, obreros cuyo gesto parecía aventurar lo dura que sería la jornada, secretarias, camareros, trabajadores de un hospital cercano… Todos corrían, como cada mañana en aquella céntrica boca de metro de la ciudad; nadie quería llegar tarde a afrontar sus respectivas obligaciones.
Y en aquella cotidiana vorágine ella había perdido la noción del tiempo; su mundo se había parado al escuchar aquella melodía. A nadie parecía extrañarle que estuviera allí en medio, parada, le esquivaban como si fuera una columna y seguían su rumbo. Ella no era consciente del incesante transitar, estaba inmersa en aquellas notas que habían transportado su inconsciente a otro lugar muy lejos de allí.

Como cada mañana su despertador había sonado a las 6:30 y lo había retrasado, aún a sabiendas que si apuraba esos últimos minutos de sueño bajo el cálido edredón luego tendría que correr para llegar a tiempo al laboratorio de investigación sobre el clima en el que trabajaba desde hacía sólo un par de meses. La tercera vez que sonó el despertador eran ya las siete menos veinte, fue entonces cuando no tuvo más remedio que salir apresurada del mundo de los sueños y entrar en el de los mortales.
Puso agua a hervir y se metió en la ducha. Repetía los mismos movimientos cada mañana, tenía calculado, sincronizado diría yo, el tiempo que tardaba el agua en empezar a hervir y esa era exactamente la duración de su ducha. Salió, se envolvió en la toalla y fue a la cocina a verter el agua en una taza. Añadió una bolsa de té, aquel rico té negro que le había traído su prima tras su último viaje a Brighton, y tapó la taza con un platito.
Fue a la habitación, sobre una silla reposaba la ropa que había dejado preparada la noche anterior. En las noticias habían dicho que el frío invierno continuaría aún unas semanas, así que había elegido ponerse los vaqueros desgastados y el jersey negro de cuello vuelto. Sobre los gordos calcetines se calzó las botas negras, que le cubrían casi hasta la rodilla, y se fue metiendo el cinturón por las hebillas del pantalón mientras avanzaba por el largo pasillo hacia la cocina.
El agua de la taza había oscurecido, saco la bolsa de té, añadió una cucharadita de miel de Sigüenza y una nube de leche semidesnatada. Hoy no le daba tiempo a llevárselo al salón y desayunar en condiciones, lo removió con la cucharilla y se lo bebió de un trago; le encantaba esa sensación de calor que le recorría por dentro y se prolongaba, como un buen abrazo, más allá de haberse bebido la última gota.
En el baño siguió su pequeño ritual: se echó colonia, se dio desodorante, se lavó meticulosamente los dientes, un poco de loción en la cara y se cogió una coleta. No solía maquillarse, salvo que fuera a salir de fiesta o que tuviera muy mala cara, no era el caso. Tampoco era de cremas y potingues así que el ritual no se alargaba mucho.
A las siete en punto sacó de la nevera el tuper que había preparado la noche anterior para la comida de ese día; junto con un yogur, cubiertos y una servilleta lo introdujo en su bolsa de plástico transparente, esa que le había regalado su madre para transportar la comida. Cogió también una manzana y una barrita de cereales para tomar a media mañana, cuando le entrara hambre. Revisó que en la mochila estuviera la bata de laboratorio y el resto de cosas que necesitaba y metió encima la bolsa de la comida. Ya llevaba las llaves de casa en la mano derecha.
Descolgó el abrigo de paño negro del perchero del pasillo, se enroscó la bufanda roja al cuello y, mientras se ponía la mochila, miró por el balcón de la habitación. Era la primera vez que miraba hacia fuera, pues dormida había subido la persiana y no era consciente de haber echado un vistazo a través del cristal. Estaba nublado, quizá lloviera a lo largo de la mañana pero ella odiaba llevar paraguas. No se cambió el abrigo por el chubasquero pues pensó: me arriesgo. Normalmente no le salía mal dejar en casa el paraguas y aunque así fuera, tampoco era de esas personas a las que les molesta mojarse.
Pasaban cinco minutos de las siete cuando, habiendo echado la llave de la puerta de casa, empezó a bajar los siete pisos de escaleras que le separaban del portal. A buen ritmo, como cada mañana, y con la cabeza ya puesta en las tareas diarias… Tengo que llamar a la empresa química noruega para que nos envíen más reactivos. No me puedo olvidar de felicitar a Valentín, el conserje, al entrar; hoy es su cumpleaños. Tengo que pedirles a los informáticos que me revisen el ordenador, no funciona el programa de estadística que me instalaron la semana pasada; ¡qué desastre soy!, lo he ido posponiendo y pronto voy a necesitarlo. A las 12 reunión con los jefes en la sala común del primer piso ¡qué pereza! ¡Ah!, Y tengo que bajar al almacén del sótano a ver qué equipos hay disponibles para montar los experimentos de la semana que viene…
Oyó cómo se cerraba la puerta del portal tras ella y caminando a buen paso se dirigió hacia la boca de metro, que estaba a tan sólo dos manzanas. El frío intenso que le daba en la cara le obligó a subirse el cuello del abrigo y esconder las manos en las mangas. No se dio cuenta de que llevaba la espalda contraída para no perder el calor corporal. Aún así su cara dibujaba un atisbo de sonrisa, el frío le gustaba.

Su mundo se había parado al escuchar aquella melodía. El guitarrista, un joven rubio de pelo un tanto greñoso, vestía un vaquero oscuro que, aunque limpio, se notaba que era viejo, y una cazadora de piel marrón también desgastada por el paso del tiempo. Su imagen, quizá por su tez morena, recordaba a la del típico surfero australiano, pero su cara mostraba las huellas de una existencia vivida intensamente. No había reparado en la joven que entre tanto ir y venir de personas permanecía inmóvil mirando fijamente sus manos.
Pero ella no estaba allí, estaba en el pequeño pueblo de Huesca en el que se crió su padre y en el que ella pasó con sus abuelos cada verano hasta que cumplió 10 años. Fue entonces cuando su abuelo, que siempre había gozado de buena salud y tenía un cuerpo bastante atlético para su edad, sufrió un repentino infarto. La abuela se mudo a la ciudad, más por obligación que por gusto, a vivir con una de las hermanas de su padre; desde entonces nadie había vuelto a poner un pie en aquel pueblo del Pirineo.

Allí había escuchado aquella melodía por primera y única vez y desde entonces había permanecido grabada en su recuerdo. Sólo en su recuerdo, porque aunque alguna vez lo había intentado no había conseguido reproducirla. Era de esas melodías que han de tomarse como un regalo para uno mismo, pues están dentro de nuestra cabeza pero somos incapaces de emitir sonidos que consigan sacarlas al exterior. Pero esta vez no había duda, no estaba dentro de su cabeza, sino fuera; y entraba por sus oídos rememorando la historia que un día de aquel verano del 96 le contó María, una hermana de su abuelo, que pasó unos días de visita en el pueblo.
María le contó que su madre era danesa, y que con quince años se había enamorado de un joven marinero holandés que había llegado en un barco de igual bandera a las costas de Jutlandia tras haber pasado el verano pescando bacalao en el Mar de Barents. Los marineros permanecieron allí un mes arreglando los daños que el hielo había ocasionado en el casco antes de emprender el duro regreso a casa atravesando el Mar del Norte. Ambos jóvenes hacían lo posible por verse cada tarde y pronto encontraron la manera de comunicarse. Daban largos paseos, iban a recoger bayas, se sentaban a contemplar el incesante choque del mar contra la orilla…
Un día, a la sombra de un gran abeto, él había sacado un bonito estuche de cuero y de él una bella flauta de madera de arce. Bajo la dulce mirada de la madre de María, él había entonado una bella melodía. Se trataba de una canción holandesa que los marineros entonaban el primer día en la mar con la creencia de que así alejarían de ellos tragedias, tempestades y malos espíritus.
El joven holandés pasó la última semana dedicado a enseñar aquella canción a la madre de María, le regaló la flauta y cuando llegó el momento de partir ella entonó desde el muelle la bella melodía. En aquella tranquila aldea danesa no supieron nunca nada más del barco holandés aunque pasado un mes de la partida corrió el rumor de que un pesquero de bandera holandesa había naufragado en el Mar del Norte debido a un gran temporal.
Pasado el tiempo aquella jovencita danesa se casó con un marinero vasco y abandonó su país natal. Crió a sus dos hijos, María y Hans, en San Sebastián. Y de allí, se trasladaron a vivir al Pirineo cuando el marido se retiró de la mar. María recordaba que todas las noches durante los largos meses que su padre permanecía embarcado, su madre entonaba con la flauta aquella alegre melodía, era una canción llena de energía; uno al escucharla podía imaginar la gran valentía de los hombres de la mar. Pero su madre siempre la entonaba con semblante triste, rememorando quizá los años vividos en Dinamarca y sobre todo recordando aquellos días junto al joven holandés. De ver a su madre María aprendió a tocar la flauta, aunque nunca se atrevió a cogerla.
El pueblo estaba tan bello como siempre aquella triste tarde en la que despidieron a Hans tras el repentino infarto; sus tejados de pizarra, sus calles empedradas y su olor a bosque impregnando el ambiente. En aquel lugar la intemporalidad era un hecho. Fue aquella calurosa tarde de primavera cuando María sacó el estuche de cuero y entonó la alegre melodía en memoria de su hermano.

Pasaban los minutos y aquella chica permanecía como una estatua inmersa en sus pensamientos frente al joven guitarrista. Un empujón le sacó bruscamente de aquel lejano mundo y le devolvió a su realidad. Él daba los últimos acordes cuando ella reaccionó y empezó a andar deprisa hacía los tornos. Iba a llegar tarde al laboratorio.  

Pasaban solo cinco minutos de las ocho cuando, tras haber recorrido las dieciséis estaciones de metro con sus tres transbordos correspondientes, cruzó la puerta de entrada al edificio. Era una construcción moderna situada en la periferia de la ciudad. Encontró a Valentín sentado tras el mostrador de recepción y le felicitó efusivamente desde la entrada. Él sabía que ella hoy llegaba con retraso así que agradeció la felicitación y disculpó que no se entretuviera. 
El reloj digital del laboratorio de la segunda planta, donde ella solía trabajar, marcaba las 8:15 cuando entró por la puerta abrochándose la bata. Comenzó a encender los instrumentos y aparatos electrónicos del laboratorio; mientras, no podía dejar de pensar cómo habría llegado a conocer el guitarrista aquella canción. Y como siempre le pasaba, lamentó profundamente no haberse acercado a preguntar. Quizá otro día la vida le daba la oportunidad de volverse a cruzar con él y puede que entonces ella reuniera el valor para preguntarle.